Varios días pasé sufriendo esos molestos dolores estomacales.Creí que se trataba de una fuerte indigestión. A pesar de tomar esos remedios de venta libre, no pasaban los malestares. Entonces hice lo que el buen criterio indica, concurrí al médico para que me realizara una detallada revisación.

Terminado su trabajo, la respuesta fue de lo más inesperada para mí, el profesional de la salud me dijo: “… tiene el apéndice muy inflamado y una fiebre bastante alta, estoy preocupado… usted está muy cerca de una peritonitis… hay que operar cuanto antes…”

Luego de lo cual me indicó que me internara ya mismo en el hospital de la ciudad y que hiciera un tratamiento, para que la fiebre se normalizara, mientras esperaba la intervención quirúrgica. Asustado seguí su consejo. Me internarían esa misma tarde. Solo tendría el tiempo necesario para ir a buscar un pijama y algunos implementos para mi aseo personal. Muy cerca de las horas nocturnas me internaron. Estuve acostado, impaciente, preocupado hasta la hora en que el día comenzaba y empezaba a notarse un intenso movimiento en el hospital. Movimiento que hasta ahora no había advertido simplemente por que no lo había, era un hospital y como en todo hospital, el silencio es salud. No había dormido casi durante la noche. Me tenía preocupado mi próximo paso por el quirófano en el hospicio de mi aldea. El médico dijo que había encontrado mi apéndice bastante inflamado, con una fiebre alta que me tenía decaído e incómodo. Me había convencido, por lo tanto, que lo que más me convenía en este caso era una intervención quirúrgica que me extirpara el órgano. El no hacerlo, pondría en riesgo mi propia vida. Nada me molestó por la noche mientras transcurría el tiempo. Solo las enfermeras que cada tres horas, sin falta, me traían los medicamentos que debía tomar.

Cerca de las ocho de la mañana se abre la puerta de mi pieza, en ese momento estaba yo en el baño de mi habitación y solo escuché el cuidadoso sonido de la puerta al abrirse y unos muy suaves pasos dentro de la habitación.

La persona que había entrado, una mujer, me dijo desde afuera: “buenos días, señor, ¿durmió bien?…”

Le dije que casi no había dormido nada y que estaba con mucho sueño pero que seguramente no podría conciliarlo ya.

Ella me contestó: “… así siempre pasa con las personas que tienen que someterse a una operación quirúrgica…” pero que no debía preocuparme. Agregó que todas las mañanas sería ella la que vendría a mi habitación para asear y airear el cuarto.

Ella salió del dormitorio un instante, entonces yo aproveché para retirarme del baño y meterme en la cama nuevamente. En seguida volvió a entrar la enfermera, la miré y con sorpresa vi quién era. Era Elena, mi amiga y la mujer de mi apreciado amigo, Pablo. El apodo de la mujer era “Lena”. Madre de dos adolescentes, una niña y un niño y una excelente mujer ama de su casa. Una mujer a la que nunca hubiese mirado como se mira a una mujer a la que se desea sexualmente… era mi amiga y la esposa de mi amigo. Además siempre se me antojó una mujer que poco tenía de bonita… su rostro no muy agraciado. Era, sí, muy simpática. Ella también se sorprendió mucho al verme allí. Ambos dijimos algunas palabras amistosas de saludo del uno para con el otro, ella vino y me dió un beso en la mejilla. Lena estaba limpiando mi habitación con mucho esmero y cuidado. Rápidamente terminó su tarea.

Vino donde yo, me dio otro beso en la mejilla, dijo: “… hasta mañana, Ilux… ya terminé…” y se retiró de la habitación.

Quedé pensando en ella, me alegré el verla y de que la encontrara en el hospital, al menos tendría a alguien con quién intercambiar algunas palabras, pedirle algo que necesitara. Sabía que podría contar con ella.

Su silueta, cuando salió de la habitación y cerró la puerta tras suyo, me dejó una agradable sensación. Elena era alta, de hombros anchos y fuertes y de caderas también grandes y bien formadas… una buena cintura… a pesar de lo bastante no agraciado de su rostro, era una morena atractiva en todo lo demás, es lo que se podía apreciar a pesar del raído delantal que cubría y que la ayudaba a mantener limpia su ropa. Otras de las características de su personalidad… era tímida. Había algo en ella que no me gustaba, era, parecía, algo descuidada con su cabello. Eso no me gustaba de ella. Pero nunca se me ocurrió tener para con ella nada más que gestos amistosos, compartir una linda simpatía y cosas para sazonar una buena amistad con ella y su marido, como las que antes nos gustaba compartir: un asado, un par de copas, una buena película, una cena afuera entre ambas familias, etc.

Así pasaron varios días, siempre la misma ceremonia. Ella entraba a la habitación, hablábamos algunas cosas del momento, me daba un beso al entrar, otro al retirarse. Hasta el día siguiente no la vería más. Yo la esperaba temprano todos los días para tener con quién conversar un poco, reírnos, cada día hasta que el médico dé la orden de efectuar la operación. Todos los días, a la tarde, el profesional venía a mi cuarto a ver como estaba, a consultar con la enfermera como me encontraba. En un momento él me dijo que la inflamación se estaba retrayendo y que la fiebre al parecer, había terminado. Que debíamos esperar para hablar de la operación, lo que por supuesto le “agradecí”.

Un día entró, como todos los días, Elena, a limpiar mi morada. Noté que ese día, estaba vestida con ropa más fina, bien entallada, le quedaba mejor a su cuerpo y lucía debajo de su delantal una polera marrón claro muy linda. El guardapolvo también, ese día era más bonito y atractivo, no era un guardapolvo común de los que usa una limpiadora de hospital. Igual que sus zapatos…

La Elena de hoy no era la Elena de siempre… era una Elena diferente y me gustó que hubiese cambiado su presentación de ayer, por ésta de hoy. Otra de las cosas nuevas?... el cabello… el de hoy estaba peinado muy bien, daba gusto verla. Y cuando me fue a dar los besos de todos los días me hizo percibir una fragancia que no había notado los días anteriores.

La jornada siguiente me trajo otra sorpresa más… al aparecer en el cuarto noté que en la tarde del día anterior, se había hecho en algún centro especializado, uno bonitos y abundantes rizos de sus largos y oscuros cabellos que ahora caían sobre sus hombros en forma de tirabuzón mientras que decoraban su cabellera unas mechas con tonos un poco más claros que el resto de la cabellera, marcando una notable y agradable diferencia de su aspecto, haciendo de su apariencia, una apariencia deliciosa y se lo dije: “… Elena… que bien te queda tu cabello hoy!...”.

Ella se sonrojó y sonrió, mientras nerviosamente pasaba el escobillón por el piso y me responde: “… de verdad te gusta?...”.

“…Si, Lena… -le dije- estás muy linda así… perdoname que te lo diga de esta manera, no es mi intención el propasarme con vos…”

Después de lo cual se despidió de mí, como todos los días y partió a sus otros quehaceres dentro del hospital. Yo me quedé pensando en ella más que nunca… Elena ese día me pareció una mujer muy interesante y apetitosa. A partir de ese día la empecé a mirar como se mira a una mujer deseable, pero siempre guardando mi papel de amigo irrestricto, incapaz de ofender a Elena ni a su esposo, para que sin siquiera en mi mirada, alguien puediera notar mis deseos por ella. Después de ese día, Lena, a cada momento entraba en mi habitación para arreglarse el pelo, acomodarse el guardapolvo o a repintarse los labios en el espejo de mi baño y a conversar conmigo unos segundos. A mi me agradaba que ella viniera seguido a mi cuarto. Me daba la oportunidad de mirarla nuevamente. Y de decirle alguna gentileza.

La última sorpresa me sucedió al día siguiente… Elena, ahora la linda, entró en mi cuarto, yo estaba leyendo una “Muy Interesante” ella estaba tan linda como el día anterior y su perfume me embelezaba.

Me besó, como siempre en la mejilla y comenzó con su trabajo. Al rato me preguntó: “… Ilux… que estás leyendo?...”

Le contesté: “… un número viejo de “Muy Interesante”… es todo lo que tengo hasta que pueda salir a comprar alguna otra revista…”

Me dijo: “…a que no sabés?... esta noche estoy de turno en el hospital… voy a estar de serena para cuidar a los enfermos de este piso… querés que te traiga un libro?...”

Mi respuesta fue: “… dale Lena, traeme un buen libro, no puedo conciliar el sueño por la noche y me vendría bien una novela…”, “… Bueno –dijo ella- yo lo traigo durante mi turno y en algunas “escapaditas” lo vengo a leer con vos… si?...”

Yo encantadísimo de que mi amiga, pase la noche cerca de mí, en este hospital tan aburrido en horas nocturnas donde no se escucha nada ni hay demasiadas luces encendidas, solo las necesarias para la atención de los enfermos, ni algún sonido que no sea el de la serena ocupada en su función…

Todo el día estuve esperando la hora en que ingresan las serenas y todo queda en silencio, para ver llegar a mi amiga Elena y el libro que me traeria. Se me hizo largo el día. La ansiedad. Las horas que nunca pasaban, me inquietaban el espíritu. A duras penas llegué a las once de la noche, hora en que escuché hablar a Elena con alguien en el pasillo y el alma me volvió al cuerpo.

Segundos después entró en mi recinto, vino a mi, me saludó con su acostumbrado beso en la mejilla y me dió un libro: “Papillón” de Henry Charriere… me dijo: “… espero que te guste… “ y agregó: “… esperame Ilux, ya vuelvo…”

Noté algo como de preocupación en su mirada, pero nada dije y solo me aboque a ponerme a leer el libro. Minutos después volvió. Estaba muy linda con su ropa fina y su cabello excelentemente arreglado. Daba gusto mirarla. Casi en penumbras como estábamos, ella se sentó al borde de la cama que estaba desocupada y ubicada al lado mismo de la mía. Dejé el libro de lado y comenzamos a conversar de cosas triviales. Ella conversaba con buen gusto y humor de todo. De sus hijos, y yo de los míos. De cómo educarlos. De nuestras respectivas vidas como dueños de hogar. De la relativa felicidad de cada uno de nosotros en nuestros matrimonios. De nuestro trabajos. De las escuelas de los hijos y su desempeño en ellas. Etc. Todo dentro de la normalidad y de lo que la generalidad de la gente espera en cada una de esas conversaciones. Hablamos casi un par de horas, cuando miré el reloj que colgaba de la pared, era la una de la mañana.

De repente Elena se envuelve con suavidad un brazo con el otro y dice: “… ay!, Ilux… como refrescó…”

Le contesto: “… Lena… en el baño está mi campera colgada en el colgadero… es abrigada… ponétela… querés?...”, “… Bueno… ahora voy… -me dijo- y fue a buscarla“

Al volver, ya más abrigada, tomó el libro que me había traído y comenzó a hojearlo. Me dijo que tenía pasajes muy interesantes, comenzó a leer uno y se sentó en el borde de mi cama. Me dijo que aún tenía frío y que el calor del calefactor del dormitorio para ella no era suficiente. Le tomé una mano y realmente noté que tenía mucho frío, entonces con mis manos comencé a frotar rápidamente las suyas para darle calor, no se de donde saqué coraje (o desenfado) y con mis manos atraje su cara hacia mi pecho… ella no lo rehusó… reclinó su rostro en mi torso. Yo la abracé primero y después comencé a frotar su espalda con mis manos… A ella le gustaba eso, se sentía bien…se sentía reconfortada... se sentía protegida. Le pregunté si aún tenía frío y me dijo que sí… que ella era friolenta. En el colmo de mi audacia y con mucho miedo al rechazo, le pregunté si quería taparse con mis frazadas que eran muy abrigadas.

Ella lo aceptó. Le tomé la mano y la ayudé a recostarse a mi lado, tapada con mis abrigos. Allí se acurrucó y apoyó su espalda en mi pecho… yo la abracé con firmeza, como un verdadero amigo que necesita que su amiga esté cómoda y calentita. Ella quedó quietecita, como disfrutando el momento, entornando los ojos… entonces yo besé sus cabellos y aspiré su hermoso aroma que me embriagaba y me hacía casi perder la conciencia. Ella dio vuelta la cara hacia mi, yo besé suavemente sus labios y escuchamos el minúsculo chasquido de ambas bocas que se mimaban. Su beso fue delicioso… el mío creo que también…

yo quise seguirla besando y ella también necesitó que lo siga haciendo. Sin decirle nada le indiqué que girara sobre su cuerpo para estar más cómodos con nuestros arrumacos. Allí estábamos cara a cara… ví su profunda y sugerente mirada, acerqué mi boca a su boca y con suavidad comenzamos a besarnos. Creo que nunca nos imaginamos que eso iría a suceder entre nosotros dos. Sus labios quedaron atrapados por los míos y con mucho deleite, su lengua enredada en mi lengua.

Su saliva y la mía hacían las delicias de ambos y corrientes cálidas de la sangre caliente de nuestros cuerpos provocaba un imaginario y silencioso susurro: “… más… quiero más…”

Ella con sus ahora cálidas manos, atrapó mi cara como para que no pueda retirar mis labios de los suyos. Mientras que mis manos comenzaron a desplazarse por sus senos con suavidad y haciendo que ella y yo disfrutemos completamente de ello. Ella me dejaba hacer todo y de vez en cuando un delicioso y tenue gemido me regalaba una dosis de felicidad mientras sus labios y su piel toda, adquiría una mayor y sabrosa tibieza. Comencé a mordisquear y sentir su piel a través de la ropa… su cuello… sus hombros… sus brazos… sus senos… su pecho… su ombligo… estaba cerca de su exquisito monte de Venus pero no fui a ella con mi boca, fui con mis manos para acariciarla allí y sugerirle con gestos, que se sacase su pantalón…ella me entendió... comencé a desplazárselo suavemente… ella estaba al borde del frenesí y bajó su mano para entregar caricias a mi vibrante instrumento masculino de una forma deleitosa. Le pregunté si le gustaba y nada me contestó. Como si nada hubiese escuchado. Con su otra mano me ayudaba a retirarse el pantalón… cuando se lo saqué, ya estaba lista para lo máximo. Le hice separar las piernas y me ubique dentro de ella. Ella me abrazó y me apretó fuerte como queriendo meterme entero dentro de ella y disfrutarme estando mi cuerpo completo adentro suyo. Pero sus ojos estaban cerrados y su cara, vuelta hacia mi izquierda. Parecía avergonzada, pero tampoco allí nada me dijo, al contrario, parecía no querer arruinarlo todo con una palabra o una mirada inadecuada. Parecía darme lugar para seguir avanzando. Me arrodillé dentro de sus piernas, me bajé el pijama y con todo el amor del mundo y con sumo cuidado, como si se tratara de una copita de cristal, me acosté sobre ella apoyando mi miembro en la puerta de su funda anhelada, comenzando a hacer un lento movimiento de “va y ven” que, sin penetrar, parecía hacer las delicias de Elena, que ahora si, gemía más intensamente y sus suspiros, eran solo audibles para mi.

Yo expresé un apenas perceptible: “… shhh… mi amor… nos van a escuchar…”. Como si estuviésemos haciendo una travesura, cosas de chicos.

Después de un rato le pregunté con dulzura: “… ahora, Lena?... estás lista?...”

Responde ella con la misma dulzura: “… si, Ilux… no quiero esperar más… ahora…”

Mi órgano viril se apoyó en su precioso estuche con algo de presión… y con delicia fui entrando dentro de ella, sintiendo el calor abrasador, sintiendo la humedad y la excitación de su joya carnal… escuchando sus leves y casi silenciosos gemidos de sus labios medio cerrados por los míos en húmeda pasión, mientras ella me acompañaba con acompasados movimientos de su pelvis, movimientos que contenían una delicia incomparable. En un momento sentí que era el tiempo del impulso final y de un suave empellón mi miembro viril se deslizó hasta el fondo mismo de su húmeda cajita deliciosa, nuestros topes quedaban embistiéndose con fuerza.

Yo, con francos deseos de seguir penetrándola hasta más allá de lo posible. Ella con enormes ganas de que mi herramienta sexual le siga entrando hasta lo inverosímil. Ella rodeó mi espalda con sus piernas en un intento de que mi órgano vaya más adentro aún y comenzamos a movernos con más fervor… con más deleite… con más fuerza. Mi miembro, como pistón enloquecido iba y venía dentro de su suave cofre, en dirección norte, mientras que casi toda nuestra piel caliente y tersa de pasión, estaba en contacto haciendo una deliciosa sinfonía de amor en la cual nuestras dos almas en completa armonía, eran un desafío para comprobar que no ha habido nunca, una más hermosa historia de sexo en los anales de la raza humana, como la que estábamos viviendo nosotros dos, cómplices de un pecado de amor.. Ella, a medida que deliciosamente se movía con mi cabo insaciable dentro suyo, tomándola como si fuese con una mano de mediano tamaño. Con la avidez que indicaban sus músculos vaginales al apretar y aflojar mi miembro con desesperación y rapidez y disfrutando por completo este momento. Fuertemente me abrazaba por el torso con los brazos, con sus piernas en mis glúteos y nuestras bocas, no queriendo despegarse, conteniendo nuestras angustia por no desear nunca acabar con este hermoso acto sexual y si fuese posible, morir antes que concluir, solo expresaba gimiendo: “…ay!, mi amor… como me gusta!... que delicioso!...quiero más!... quiero mucho de esto!...”

Mientras yo respondía en su oído, casi con el mismo con un hilo de vos: “…yo también quiero mucho de esto, Lena… quiero seguir viendo tu fogosidad tan cerca de mi rostro… esta noche para mi será inolvidable… quiero que tu piel me siga quemando… quiero seguir sintiendo tu aroma embriagador…”

De repente me dice ella: “… me viene, mi amor!… me viene!... haceme más despacito… más suave…”

Y cuando comenzaba a hacerlo más despacio, ella me expresaba: “… así mi amor… así mi amor… que delicia…” ya estoy… ya te acabo… te acabo para vos…”

Comenzando a apretarme el torso y los glúteos con muchísima presión y a moverse con verdadera violencia que solo lo he experimentado con ella. Empezó a retorcerse y a gemir con tanta pasión como nunca antes había escuchado y nunca más lo escuché. Casi al unísono y excitado por ella, yo también comencé a acabar y ambos consumamos este amor, casi juntos. Nuestros excitados y estremecidos cuerpos se deleitaron y gozaron como locos del amor y del sexo, en un acto que nunca van a poder repetirse de esa misma manera, porque ya no volverá a ser la primera vez. Cuando consideramos que todo en esta noche, se limitaba a esperar que vuelva arepetirse, Lena ya se había vestido para irse, el reloj marcaba las cuatro de la mañana.

De repente volviendo a la realidad, pregunté a Elena: “… Lena… espero que no nos hayan escuchado… no quiero que tengas problemas en tu trabajo…”

Elena contestó con una mirada repleta de picardía: “… No te hagas problemas, mi amor, nada te dije pero ya había arreglado todo con mi hermana, la serena de planta baja…”

Después de esta noche, solo una más tuvimos de desquiciado amor y potentísimo sexo en nuestras historias de vida. Fue fuera del hospital… tres meses después… (lo que relataré en otro momento) y nuevamente nos entregamos ambos con todo nuestro tremendo y afiebrado amor y nuestro ser vibrante y apasionado. Después de lo cual tanto Elena como yo, nos replegamos y pensando distinto, renunciamos a la felicidad de ambos, para cambiarla por la salud íntima de nuestras respectivas familias.